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El restaurante La casa de Manolo Franco cumple cinco años

Actualizado: 1 jul

Cinco años de agradecimiento eterno


Empecé a escucharlo como cuando se inicia una tormenta: una, dos, tres gotas. Después chisporroteaban, ya en mi alma, y finalmente fue como si el cielo hubiera desencadenado un huracán… de luz. Así lo viví, puede que no fuera para tanto, pero así lo recordaré: un aplauso, dos, tres, estaba yéndome, cuando siguieron y siguieron, hasta que miré a mi mujer y mis hijas, después a parte de nuestro equipo y finalmente a todos ellos, que habían empezado a aplaudirnos. Esa sería la manera inolvidable que tuvieron de dar las gracias aquellos a los que tanto tengo que agradecer.


Escribiendo estas letras me doy cuenta de lo afortunado que he sido, que soy, en mi vida. He tenido la inmensa fortuna de ser aplaudido varias veces, en otros momentos: escritor, periodista, político, ciudadano… pero nunca fue tan bello, especial y ¿merecido? como cuando los diez clientes que más nos han elegido durante estos cinco años de nuestro sueño comenzaron a aplaudir en nuestro restaurante después de una cena que quedará para siempre en los corazones de todos los que allí estuvimos. Nos regalaron una energía que seguirá mucho tiempo impresa en las paredes, en los techos, vigas y ladrillos de una sala en la que han sucedido cosas mágicas. 


El pasado 20 de junio celebramos el V Aniversario de La casa de Manolo Franco y quisimos hacerlo, después de dar mil vueltas a la cabeza, invitando a cenar a algunos de los clientes que más veces han venido a casa. Allí estaban los campeones, sus perseguidores más íntimos, los que vienen a cada menú, amigos de siempre, nuevos amigos… los que menos han estado doce veces en el restaurante, treinta y dos los que más... Realmente fue una decisión egoísta por mi parte, quizá necesitaba impregnarme de la mejor energía, la que me regalan siempre que vienen a ser felices en nuestro sueño, un sueño que empezó…


Quizá realmente comenzó esa mañana en la que me iba a Singapur y nuestra hija Martina me avisó con gesto severo y sin un ápice de broma en su voz. ‘Papá no te vayas, cada vez hay más accidentes de avión…’. O quizá fue antes, cuando hace años la envidia sin sentido quiso quitarme otros sueños y, en Budapest, mi mujer me dijo que escuchara aquella canción de Estopa, ya saben… ‘y si la cosa se tuerce. Pues nos cogemo' y nos vamos pa'l pueblo’. Y aquí estamos, en el pueblo. O ese día en el que dije a mi hermana, sobrinos y madre que me hacía cargo… O quizá empezó la primera vez que fuimos a Quique Dacosta y admirado sentí un imposible, ‘yo quiero hacer estas cosas’. Inspiración indispensable. Puede que realmente fuera cuando vendimos nuestra casita pequeña de Valdemorillo para financiar el proyecto o cuando nos aprobaron un par de créditos, que después serían dos más, ay corona maldito... o el momento aquel en el que, en una playa de Dénia, a lo mejor fue Altea, mi mujer y yo nos miramos y dijimos sin palabras, ‘vamos a por ello’.


Realmente fue un seis de junio de 2019, cenas de jueves, cuando Demo y Bego, nuestros primeros clientes entraron por la puerta, se sentaron y… ahí sí, comenzó la función. Y desde ese momento les quiero más, a él que no podemos verle, a ella, que me ilumina cada vez que la veo. Como a cada uno de los casi cinco mil clientes que han tenido la bondad de venir a nuestro restaurante para hacer verdad este sueño de un loco soñador que un día decidió lanzarse al vacío y desde entonces vive construyendo sus alas… Pero lo cierto es que esta historia comienza cuando Manolo Franco, el auténtico, el bueno, mi padre… compra junto a mi madre este local de la, entonces, calle José Antonio, con un apretón de manos y una hoja manuscrita poco después con la ayuda de toda la familia y de sus… de un coraje inmenso. Y por eso, sobre todo y ante todo, y porque esta casa no es si no un gesto de amor de un hijo a su padre, se llama La casa de Manolo Franco


Son las 2.02 de la madrugada y podría estar toda la noche contando lo que hemos vivido en estos cinco años. Lo dejamos para otro día. Pero sí quiero dar las GRACIAS. En primer lugar a mi padre, a mi madre, por una vez comprar este local, como Pepa dice, en la gran vía de Valdemorillo, por el amor que me dieron y ella, espero por mucho tiempo, aún me da. A mis hermanas por su trabajo y su ejemplo, por ser tan grandes… también a todas y cada una de las personas que han trabajado en esta casa durante este tiempo, a los que fueron y son, a los que serán. A David porque se unió al proyecto durante un tiempo en el que mi sangre estuvo cerca. A César y Ángela, estrellas que venían de brillar y decidieron apostar por este lugar y fueron vitales para iniciar el camino. A Anais, que fue aire fresco en esta casa. A todo y toda él o la, que alguna vez puso parte de su esfuerzo y tiempo en esta casa. A nuestro equipo actual, especialmente a Diana, nuestra jefa de cocina, que vive lejos de casa en busca de un sueño que llegará, tarde o pronto, pero llegará… por su talento y compromiso. A Gerald, vamos andando camino compañero, sigue creyendo… a Gabriela y Lorena, dueñas de la sala por su esfuerzo y ganas, por que juntos hacemos felices a las personas y eso es lo más bonito que se puede hacer en la vida. Y a Paola, que pone luz en nuestro trabajo para que el universo sepa que podemos brillar y somos un sitio en el que se lucha cada día por la utopía de la felicidad.


A los que fuisteis y a las doce personas que componen hoy nuestro equipo, perdón si alguna vez no estuve a la altura, me siento pleno si alguna vez fui capaz de aportaros algo bueno. Gracias también a los maestros y los referentes, esos a los que quiero, iluso de mi, parecerme algún día. A las guías Repsol y Michelín por aportar por nosotros. Y a cada uno de los clientes que una vez decidieron que venir a nuestra casa era la mejor opción para vivir un rato de felicidad, a vosotros os debo todo lo que soy en estos momentos. Gracias con el alma. 


Cierro dando las gracias a nuestras hijas, Gabriela y Martina Venecia, ellas son mi luz infinita, el sentimiento al que recurro cuando parece que nada es posible, cuando la tensión sube hasta límites insospechados y siento que voy a romperme… comprender que el amor fue capaz de crear estos dos seres increíbles me hace capaz de todo. Y a ti, amada mía, Carolina, porque tu eres la verdadera viga de este sueño que vivo cada día, cada momento gracias a ti, por estar a mi lado en cada locura que se me ocurre, por creer en mi (mucho) más que yo mismo, por cada instante, cada palabra, por tu mirada, esa que me ilumina el alma y el cuerpo, por ser juntos. Gracias, amor… por el aire.


Seguimos, apenas hemos comenzado a andar y a hablar, aún tenemos que correr y finalmente volar, ya saben, sigo construyendo las alas… sigan viniendo, prometo intentar que vivan momentos inolvidable y hacerles creer en la felicidad, sigan creyendo en nosotros… nos vemos. Hasta pronto…


Manu Franco.





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