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El nombre del Padre

Actualizado: 22 abr

La Casa de Manolo Franco, un lugar creado como homenaje a aquellos que nos dieron la vida



Bajaba casi tambaleándome, con el agua en la cara y los ojos aún medio cerrados. “Buenos días”, susurraba, y saludaba con la mano a los que estaban en el bar a las siete y media de la mañana. Entonces mi padre me volvía a mandar arriba, a casa. “Sube y cuando vuelvas a bajar, da los buenos días, que retumbe el bar. Empieza el día como es debido y que te oigan cuando llegues”. Volvía a bajar casi gritando el “buenos días” y entonces él sonreía, con esa sonrisa suya que iluminaba el mundo. “Que se note que estás… y se note para bien”.


Cuando ya habían pedido todo, me quedaba leyendo la carta, analizando, buscando, observando detalles, buscando la diferencia, lo especial… “¿Quieres algo más hijo?” En la mesa nacía un murmullo silencioso. Todas las miradas se dirigían a mí después de la pregunta de mi padre. Y claro, por supuesto, quería algo más. 


Tardaba un momento en contestar. Me daba cierta vergüenza pedir algo más. Ese plato diferente que se había quedado escondido en un pliegue de la carta del restaurante, en el que la familia estábamos comiendo ese día, igual que otros muchos días… “Pide lo que quieras, no te quedes nunca sin intentar lo que quieres”. Al final pedía algo y mi padre hacía llamar al camarero para ese último plato, que finalmente solo comía yo, cuando ya todos habían terminado lo suyo.

“Lucha por lo que quieres, aunque sea un capricho, busca la felicidad”. 


Quizá era ahí cuando el amor por la gastronomía se hiciera realidad. Quizá la génesis de este restaurante, La casa de MANOLO FRANCO, estuviera ahí. Aunque comenzó mucho antes.


“Tu padre era muy fuerte, uno de los que más han trabajado en este pueblo y no se amedrentaba ante nada. Cuando compró esto, trabajaba en la cantera y además habían tenido la casa de los Bravo antes de que llevara yo el restaurante. Una vez, incluso ganó una apuesta de beber coñac después de trabajar. Un día que hizo el turno de otros dos compañeros que estaban malos”, me contaba una vez Paco Bravo, alma de un restaurante histórico en Valdemorillo, hablando de mi padre. “Empezó a trabajar con seis años cuidando las vacas de una familia del pueblo y, estando en la finca de Arburua, que fue ministro de Franco, se enfrentó a él porque no les pagaron lo que les habían prometido a él y a su cuadrilla de amigos… imagínate, un ministro de entonces, una locura. Al final les pagó y se ganó el respeto de aquel, pero podía haber sido al revés. Fue muy valiente, pero temblaba al hablar al capataz ese día” me contaba uno de los mayores de Valdemorillo hace poco. 


“Cuando compramos esta casa, el Pa trabajaba en la cantera, llevando hielo -que a eso también iba yo-, en el bar que teníamos, y segando trigo por las noches” narraba mi madre una vez mirando al infinito, quizá viéndole en aquellos tiempos.


“Cuando tus padres compraron la casa del bar, ayudamos toda la familia. Cada uno puso lo que pudo, pero en menos de un año tu padre nos devolvió el dinero a todos” explicaba una vez mi tía Santa.


Fortaleza, coraje, respeto, valentía, compromiso… Nada. Nadie enseña más que un buen padre. Ahora que está a punto de llegar el día del padre es necesaria la celebración de aquellos que nos dieron vida. Desde que creamos el restaurante, tuve claro que quería hacer un lugar que fuera referente en la gastronomía de la Comunidad de Madrid. Que fuera ese sitio que todos reconocen como bueno, de calidad, especial… y que tenía que llevar el nombre de mi padre.


Es curioso como ahora muchos me llaman Manolo, algo que solo hacían antes mis amigos del pueblo. Quizá confundidos por el nombre del restaurante. Pero ese nombre es por mi padre, por Don Manuel Franco Pérez, nacido en Valdemorillo en 1936 y que se fue al amanecer de un día de otoño de 2006 en Madrid, tras una vida corta pero de una intensidad desbordante, en la que logró el sueño de tener un negocio propio, en el que no depender de nadie. Cuidar de su familia, enfrentarse a una enfermedad terrible, amar a su familia, cuidar de sus amigos, divertirse mucho y trabajar demasiado. Pudo dejar un legado que será siempre recordado. Ese legado es ahora un restaurante que lleva su nombre, en el que una foto suya domina la sala y que poco a poco va logrando convertirse en un lugar único en el que ser feliz. 


Todo por él, para él, porque cada día lo recuerdo varias veces y en ocasiones creo ver su sonrisa cuando su casa está llena de personas felices. Dicen que cuando pones tu nombre a una creación debes estar orgulloso. Imaginen si lleva el nombre de aquel que te dio vida… y por medio de él, como homenaje a todos los padres que cada día luchan y viven por sus hij@s, siempre les debemos tributo y homenaje, siempre… el nombre del padre, el de su casa, la de Manolo Franco.




Manu Franco.





Esta semana celebramos el Día del Padre con un postre muy especial en homenaje a Manolo Franco, en dos versiones: la suya tradicional y nuestra reinterpretación. Si quieres venir a emocionarte en estos días y vivir el Día del Padre con nosotros, puedes reservar aquí tu mesa.



Manolo Franco, el día del padre

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